
BONDOMO
Es alarmante como la educación se ha comercializado y muchas instituciones privadas y públicas, incluyendo las universidades le han dado paso a negociar con ella más allá de sus fronteras, introduciéndose a otros países en donde ofrecen no solo diplomados con distintas especialidades, sino maestrías y doctorados a costos altísimos y con un pensum que en algunas carreras dejan mucho que decir. Todo ello ha eliminado la presencia del estudiante en las aulas, haciendo uso solamente de la enseñanza virtual que desde luego tiene sus desventajas.
Lo cierto, que todavía no se tienen resultados que demuestren que tal enseñanza es eficaz, que realmente los egresados que salen de ese sistema son eficientes.
No debe sorprendernos que se escriba, que el negocio de la educación está sufriendo una evolución importante en los últimos años. Han aparecido inversores que han visto en la enseñanza a distancia una posibilidad de un excelente negociocon el amparo de las nuevas tecnologías. En USA en 1999, el 63% de las 3.600 instituciones de educación superior acreditadas ofrecían cursos a distancia, y se sugería que en el año siguiente esa porción crecería hasta el 84%.
Y no sólo son las instituciones tradicionales las que están implicadas en este negocio, sino que inversores externos a la educación están promoviendo empresas de educación a distancia realizando inversiones muy importantes en las mismas. Estas empresas suelen partir de tres fuentes principales para construir sus cursos:
- Materiales realizados por personal propio.
- Materiales realizados ya en las Universidades que se licencian para su explotación por parte de las empresas con mención explícita del origen.
- Acuerdos directos en las empresas y los profesores universitarios o expertos para la producción de materiales nuevos, al modo de la publicación de libros de texto bajo encargo.
Este entorno produce que la batalla por el mercado de la educación sea ahora cada vez más evidente. Ya no se compite por los alumnos del entorno físico de la universidad, sino que se pretende llegar a todos los alumnos posibles. Además, existe la necesidad de la formación continua, de la hiperformación. Antes bastaba con tener una carrera superior para asegurarse un buen puesto de trabajo. Ahora, la competencia ha hecho que la posesión de un título no sea suficiente, haciendo crecer la demanda de formación de postgrado e incluso la necesidad de obtener más de un título superior.
No se debe olvidar como lo cita E. Martinez de la Fe, que el sector de la educación mueve en el mundo dos billones de dólares, el equivalente a una veinteava parte del producto interior bruto del planeta. En la actualidad, el sector privado gestiona una quinta parte del total, pero al amparo de la mundialización se ha propuesto ampliar su cuota de participación en la torta educativa.
Sus argumentos son la eficacia, la innovación y su adaptación al mercado laboral, pero al mismo tiempo la privatización de la educación ha profundizado en las diferencias sociales allí donde más se ha implantado, mientras que los valores humanos propios de la educación se sacrifican en aras de los criterios económicos, con dudosos resultados para la formación integral de las nuevas generaciones.
Hay algunos países con paradigmáticas experiencias educativas. En Estados Unidos, por ejemplo, las empresas privadas gestionan incluso la enseñanza pública. En Brasil, una red comercial acoge a 500.000 alumnos procedentes únicamente de las clases pudientes.
Nueva Zelanda, el país que más ha profundizado en la liberalización educativa, es el ejemplo más palpable entre los beneficiarios y los marginados de la privatización de la enseñanza. Diez años después de haber liberalizado la educación, adopta medidas para corregir los profundos desequilibrios originados al conjunto de la población en el acceso a la formación.
En el mundo universitario, la presión de las empresas informáticas y de telecomunicaciones revaloriza algunas de las titulaciones y sacrifica a otras no menos importantes, con la consiguiente discriminación de carreras en función de los segmentos más lucrativos del mercado.
A mediados de los años noventa, la mesa redonda de los industriales europeos ya señaló el profundo abismo que separa a la educación necesaria para un mundo tan complejo como el actual y la educación recibida en colegios y universidades.
En abril del 2000, el Foro Mundial de la Educación consideraba inaceptable también que la calidad de la enseñanza, así como la adquisición de valores morales, esté muy lejos de responder a las necesidades.
La educación, que absorbe el 25%-30% de los gastos públicos, se ha convertido por ello en objeto de una amplia y profunda controversia política. El sector privado, que ha basculado en torno a las escuelas confesionales o las ONGs, considera que el sector público educativo está ya maduro para la liberalización y, junto con la sanidad, la ha convertido en uno de los dos bastiones a conquistar en aras de la eficiencia, la calidad y la innovación.
El Estado a través de su ministerio de educación, en el caso de Venezuela, mediante el Consejo Nacional de Universidades debiera intervenir seriamente sobre realmente si la educación a distancia a través de internet, beneficia a la población, evlauar sus alcances, repercusiones, la calidad de profesionales que se forman, sistemas de evaluación, curriculums. grantizando no solamente resultados positivos para los consumidores, sino para el mismo país. No se puede aceptar que el negocio de la educación beneficie solamente a quienes pueden ofrecerlos a un costo social y educativo que genere deteriramiento en el sistema educativo.
No hay que olvidar que se ha dicho que al sector educativo público se le acusa, no sin razón, de disponer de estructuras superadas, ineficaces y burocráticas, frecuentemente centralizadas. Los industriales europeos consideran por ello que las escuelas y universidades necesitan los estímulos del mercado y la presión de la competencia para mejorar e innovar, pero ignoran las consecuencias sociales de una política educativa que prima los valores económicos de una cultura, la liberal, no siempre en consonancia con otros valores humanos

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