BONDOMO
Dentro de las facetas de Hitler esta lo concerniente a la música Ya pesar dse to su prefeencia a la rusa y judía. Se ha escrito, que un ex oficial sovietico de inteligencia que muriò hace poco a los 86 años en las afueras de Moscu ha revelado una faceta inedita de Hitler,sus gustos musicales.Besymenski fué el encargado de investigar a los generales nazis capturados tras el colapso del Tercer Reich.Como tal debió inpecionar las dependencia de la Cancilleria .En un crater hecho pr las bombas encontró una caja que contenia unos 100 discos con musica clasica marcados como del Fuhrer.Extraña coleccion que reveló un secreto bastante hipocrita de Hitler.Este preferia musica de varios intepretes judios.Entre ellos del violinista Bornislaw Huberman que debió huir a Viena en 1937 tras ser declarado enemigo del Reich.Otro artista judio prominente del cual gustaba era Arthur Schnabel que tambien era austriaco que después del fin de la guerra adquirió mucha notoriedad .Pero la cosa no para aqui,Hitler odiaba a los rusos a los que consideraba una raza sub humana,sin embargo en su coleccion tenia grabaciones de musica de Borodin,Rachmaninow y Tchaikosky.Obvio no solo eran esas,habia grabaciones de artistas alemanes como Wagner,su favorito hasta ahora conocido,pero tambien de Brucknner y Beethoven que deberia haberse revolcado en su tumba ya que odiaba los dictadores como lo demostró cuando airado suprimióla dedicatoria de una de sus sinfonias a Napoleon por considerarlo un autocrata.
Se dice, que los discos, que pertenecían a la colección que el Führer guardaba en el búnker donde pasó sus últimas horas, fueron descubiertos en una casa de veraneo cerca de Moscú.
Al parecer y, según informa el diario alemán 'Der Spiegel', tras la caída de Hitler y del nazismo en 1945 el capitán Lew Besymenski, de la unidad de inteligencia rusa, entró en el refugio del dictador y se llevó todos los vinilos.
Casi 50 años después, en 1991, la hija de Besymenski descubrió el pequeño 'tesoro' de su padre en el ático de la casa donde veraneaba su familia. La curiosidad la llevó a preguntarle a su padre por ellos, aunque los únicos que recibió fueron evasivas. El capitán Besymenski no quería que nadie conociera su secreto.
Sin embargo, la presión y la insistencia de su hija le obligaron a desvelar posiblemente su secreto más preciado y decidió escribir sus memorias, en las que explica su descubrimiento.
Besymenski, que falleció en junio a los 86 años, siempre tuvo pánico a que le consideraran un ladrón, de ahí que ocultara su secreto. Según su hija, sólo era un amante de la música.
Se comenta, que entre las obras confiscadas por el oficial de inteligencia Lev Bezymenski hay un aria de Boris Godunov, de Mussorgsky, interpretada por uno de los más grandes cantantes del siglo 20, el bajo ruso Fiodor Chaliapin.

Además, un álbum con obras de otro ruso famoso, Piotr Tchaikovsky, tiene como solista al violinista polaco judío Bronislaw Huberman. Hay también en la colección obras de Rachmaninov y de Borodin.


Alexandra Bezymenska
ya, hija de Bezymenski, aseguró que le parecía “grotesco” el hallazgo, que demostraba la hipocresía de los nazis en general y de Hitler en particular y la insostenibilidad de su ideología. Recordó, asimismo, en la entrevista de Der Spiegel que “millones de eslavos y de judíos murieron como resultado de la ideología racial de los nazis”.
el Fuhrer poseía el disco de un concierto de Tchaikovsky interpretado por el violinista polaco y judío Bronislaw Huberman, fundador en 1936 de la Orquesta de Palestina (luego renombrada como Orquesta Filarmónica de Israel) tras exiliarse para escapar de las garras del nazismo.
Hitler también tenía alguna interpretación del pianista austriaco y judío Artur Schnabel, cuya madre fue asesinada por los nazis.
En 'Mi Lucha ', el propio Hitler negaba a los judíos la capacidad de hacer arte, así como asegurar que "los judíos no han aportado nada original a los dos reinas del arte, la arquitectura y la música".
Esta historia recurada a la del pianista polaco y judío Wladyslaw Szpilman , cuya supervivencia al Holocausto como pianista, inspiró la película de Roman Polanski, 'El Pianista' .
Pablo María Sorondo, ewscribe, que “Como suele suceder con los grandes artistas, ellos inspiran adulación desenfrenada u odio incontrolable”, dijo el pianista y director argentino israelí, Daniel Borenboim. Se refería en forma explícita al músico alemán Richard Wagner, un perfecto ejemplo para esta afirmación. Como casi todos los grandes directores contemporáneos, Barenboim admira la música del autor de Tannhäuser, El Holandés Errante, Sigfrido, Tristán e Isolda, por citar algunas de sus obras. Sin embargo, una sombra tiñe su nombre. Una marca antigua que lo acusa de racista. En rigor, de antisemita.
Y Daniel Barenboim, fiel a su amor wagneriano, fue también alcanzado por esa acusación, contagiosa como la peor gripe. Wagner fue el músico predilecto de Adolf Hitler, y su música, utilizada en la propaganda Nazi, es entendida por algunos judíos como una hija bastarda del Holocausto. Por este motivo han encontrado escandaloso que Barenboim, en su condición de judío, interpretara en diversas ocasiones algunas de sus obras.
“Hay que diferenciar la música del genio: una cosa es Richard, y otra cosa es Wagner”, dijo el divulgador musical Marcelo Arce, docente y compositor, en diálogo con MYRIADES 1. El mismo Barenboim comprende que es conveniente separar al Wagner compositor y artista del político. “Creo que el antisemitismo de Wagner es una cosa –dijo el maestro- y otra son las cosas que nos forzaron a asociar con su música”.
En el diario Página 12 (7 de julio de 2001), el escritor Osvaldo Bayer tomó postura sobre esta polémica, y señaló que algunos “sostienen que Barenboim, como judío, tiene el complejo de culpa de trabajar en Alemania, dirigir una orquesta alemana, ganar dinero alemán, sí, el <>”. El artículo de Bayer es duro e inflexible, pues argumenta que “no puede haber perdón” y que “Wagner fue el profeta que le entregó la ideología a Hitler”. El hecho que disparó estas opiniones sucedió hace algunos años.
En julio del 2001, Daniel Barenboim, junto a la Staatskapelle de Berlín, dio un concierto en Jerusalén. La audiencia, como siempre, pidió un bis. El director, en perfecto hebreo, habló con franqueza a su público: declaró que harían el preludio de Tristán e Isolda, y que podía retirarse quien no deseara escuchar. “El concierto estalló en un griterío, siendo Barenboim tildado de fascista", lee de una crónica Marcelo Arce, y luego observa: “¿Te das cuenta que es una reacción sectaria? Se fueron al extremo opuesto, porque Barenboim es todo lo contrario al fascismo”. Arce continúa con la lectura: “La mayoría respondió con una ovación, pero una minoría expresó su desaprobación”. Bayer escribe que “sólo cuatro espectadores se retiraron indignados”, pero observa la tirana imposición mayoritaria: “No vale el voto democrático de la mayoría sino el respeto al sentimiento de los que sufrieron”.
Barenboim está muy al tanto de las opiniones de Wagner, pero marca la filosa distinción entre sus ideas, su música, y el uso que de ella hizo el régimen del Nacional Socialismo alemán.
En este sentido, ante la no injerencia de lo musical en lo ideológico, el director cree que esta polémica “es un reflejo de una especie de abuso político y de todo tipo de ideas que una vez más nada tienen que ver con la música de Wagner”.
Un violinista israelí de la West-Eastern Divan (orquesta que integra músicos israelíes y palestinos, fundada por Barenboim y el intelectual palestino Edward Said), Netanel Draiblate (23), describe la difícil situación interna que provoca, para ellos, interpretar a Wagner. “Para mi no es un problema, pero algunas personas tuvieron varias discusiones con el maestro, sobre las implicancias de lo que significa para ellos”, comenta Netanel a MYRIADES 1. Sólo una persona no quiso tocar, y aunque otros aún oscilaban entre dudas, decidieron hacerlo de todas maneras. Para Netanel, “Wagner era un idiota, por lo que pensaba, por lo que escribió. Pero la música de Wagner es otra cosa, es buena música, y solo nos preocupa la música, no nos importa lo que él pensaba”.
Reflexivo, Marcelo Arce mira hacia el futuro y arriesga: “Pasará mucho más tiempo, tal vez yo no lo vea, para que todo el mundo viva la belleza y la originalidad del mundo sonoro que plantea Wagner”. Luego profundiza en la Tetralogía de Wagner, donde, según dice, “no hay nada de antisemita en ella, es una maravilla donde el motivo del amor redentor prima sobre todas las cosas, y se opone al poder y al autoritarismo”.
Arce indica que similar situación, aunque invertida, sufrió el músico judío Gustav Mahler, y propuso evitar los fundamentalismos, dado que lo importante es el arte. Sin embargo, insistió en que esto último “es muy difícil, porque hay mucha gente que obviamente sufrió ese desastre que fue Hitler, y entonces es obvio que no se pueda superar”.
No es posible indagar en el corazón de nadie. Ni siquiera en el de Wagner, cuyos escritos antisemitas terminaron por contaminar –para algunos- el mensaje de su música. ¿Cómo pedirle a los sobrevivientes de Auschwitz que separen la obra, del hombre; planos que la crueldad ha unido a fuerza de sangre?
Para sorpresa de muchos, el libreto de Tristán e Isolda podría resultar muy significativo. En la primera escena del Acto I, ella le refiere una norma de la buena educación: “La de reconciliarte con el enemigo, si es que éste ha de ensalzarte como amigo”. Tristán, algo aturdido, pregunta con qué enemigo. La respuesta de Isolda sugiere una noble acción: “¡Pregúntaselo a tu miedo! Hay entre nosotros una deuda de sangre”. Tal vez la única solución sea la que plantea Barenboim: perdón, reconciliación, paz. Integración; aceptar las diferencias. Pagar aquellas deudas con más sangre equivale a profundizarlas, a oscurecer el camino hacia la paz, en lugar de iluminarlo. Esperanzado, Marcelo Arce deslizó que el amor redentor -del que Wagner habla- prima por sobre todas las cosas: “Barenboim hace muy bien en estar conectado con esta lucha. Está volviendo a un concepto muy antiguo que viene del Renacimiento: el arte es amor. Sobre todas las cosas, es amor”, sentenció.